sábado

Milagro personal

Hay milagros que suceden a nuestro alrededor cuando cerramos los ojos, y no los podemos ver si no abrimos el alma. 

Todo quieto. Todo calmo. Apenas el ruido informe y omnipresente del ambiente, apenas una estela fresca que no llega a ser frío sobre mi. Ese momento en el que al parecer estamos tan dormidos que no sentimos y nos creemos levitar sobre el colchón con la mente alejada del cuerpo, atenta y en blanco, tan solo percibiendo.

Una fría luz se filtra por la rendija entre la cortina y la pared, es blanca y parece un milagro al detal, un acontecimiento para mi. Y puedo creer que en toda la historia de la humanidad, desde el primer momento en que ojos humanos percibieron la luz, hubo millones de momentos así, pero este es mío. 

¿Cómo atrapar un momento entre las fauces de mis palabras?

Es como el perro que muerde el agua. Queda la sensación mientras casi todo se desparrama entre los dientes, solo el recuerdo más primitivo atesora la fresca sensación en la lengua, en la mandíbula, incluso en el mentón con el agua escurriendo, los segundos se van llevando el momento y es, sin duda, esa fugacidad lo que lo hace inolvidable.

Y así, la vida.


domingo

De las ideas

Es posible que el camino sea ir pensando, ir moldeando una serie de ideas, energía informe, anti-materia cuya única comprobación es saberse pensada. Es probable que para ir siendo, para llegar a ser, sea necesario primero prefigurarse, idearse, imaginarse siendo.

¿Será que lo que precedió a todo fue un pensamiento, un sueño?

Hay quienes piensan que Dios primero soñó todo y que al despertar decidió hacer la luz. Y esto se comprueba a cada instante, pues cada hecho precedido de una idea, de un plan, de un pensamiento, de un sueño es la comprobación de que si en algún momento lo informe derivó en lo concreto, esto entonces es así por los siglos de los siglos y en todo lugar.

Caracas

2014

Una asignatura

Una mañana del ayer, de esas que se confunden en la nebulosa del recuerdo, una mañana cuyos débiles perfiles apenas se vislumbran, y sin embargo, una mañana memorable. Como al emprender el camino hacia la cumbre de una cordillera, cuyas primeras elevaciones son tenues y suaves, para después ir ganando en verticalidad y ruptura, el recuerdo del ayer apareció primero como una breve anécdota, tan poco interesante que optó por archivarla. Pero que luego, tal vez por la piedra que significa una verdad que no se acepta, fue cobrando brillo y sobre todo peso, el peso insoportable de la inexistencia.

Una mañana del ayer, un profesor de filosofía de la universidad le había hecho al curso una pregunta en apariencia inocente -¿Cuál es su pasión en la vida?- desfilaron hobbies, ocupaciones, actividades fortuitas, y ante la sarta de falacias, el Profesor optó por detener la actividad para pedir, no con poca astucia, que entregaran la próxima clase un ensayo explicando su pasión.

Llegó a la casa, resuelto, no sólo a demostrar que tenía bien clara su pasión, sino también a hacer de su argumento una exposición de brillante redacción y genialidad. Dirían, que al menos él sabía de que hablaba y sabía decirlo bien.

Comenzó argumentando que gustaba de la lectura, pero que no era la lectura solamente, sino la lectura histórica, ahí fue avanzando y entre anécdotas que justificaban tan erudita pasión fue concluyendo que todo eso no era más que un tobogan que desembocaba en la escritura, y concluyó, que su pasión total era escribir.

Entregó el ensayo de unas cuatro páginas el día asignado, cuando hubo leído el mismo, el Profesor lo devolvió y con una sonrisa maliciosa y complice le tildó de mentiroso. Lo dijo como quien se sabe de un ingenio superior, quien entiende el por que de algo que a todos los demás se les escapa. Lo dijo y le ofendió, incluso llegó a pensar que era imposible que un profesor, por más títulos y estudios que tuviera, pudiera poner en entredicho algo que consideraba como un hecho capital de su vida. ¿Qué iba a saber él? Si apenas le conocía. Su indignación no llegó nunca a su lengua e intentó sepultar el episodio como quien se cae en un lugar desierto ¿realmente se cayó?

Hoy, años después, cuando rememora, encuentra los perfiles débiles y esquivos de ese día contrastados con una verdad desempolvada, pues como una gema que se descubre en un cuarto de viejos despojos, la posible falsedad de su argumento, aquella “pasión” que nadie, salvo el atrevido profesor, debió poner en entredicho, destacaba en el claroscuro de su conciencia como una mentira tecnicolor.

Había sido juez y jurado de su argumento y había perdido el litigio, ni siquiera sabía por qué. Aquel Profesor le había implantado la duda y esta encontró terreno fértil pues no había otra certeza que deslumbrar y no había otro móvil que hacerse creer complejo.

Y, como ya deben haber imaginado, no había pasión.



Caracas

2014

lunes

Los destiempos de la vida

Es algo cómico, si se quiere, pensar que las necesidades de hoy, ayer cuando estaban colmadas simplemente se me antojaban como excesos.

Era casi tener la certeza de que mi vida podía seguir su curso aun si dejara de tener ciertas cosas que, por estar, se me hacían prescindibles. Y es hoy, cuando no las tengo, cuando más las necesito. Cuando me doy cuenta de que nada me gustaría más que llegar y ver que está ocupando mi lado de la cama, que nada sería más perfecto que perderme en su calor y en su aroma, o simplemente la notificación de un mensaje dando las buenas noches.

Ayer, simplemente esos detalles los daba por hecho, y entonces buscaba todo lo que no tenía, una experiencia más, algo que inventar, soñando siempre con lo que adolezco, mirando hacia adelante, sin valorar el presente.

Alguna vez leí que lo que diferencia a los animales de los humanos es la capacidad de imaginar y me pareció muy cierto, nunca nos situamos en el hoy pues siempre estamos expectantes del mañana o nostálgicos por el ayer y eso es un ejercicio de imaginación constante. Nunca nos damos por satisfechos con lo que tenemos, hasta que llega una noche fría, solos y rodeados de gente, en el que lo superfluo se vuelve insoportable y lo único que queremos es ese calor, esa verdad que eras tu.


Es algo triste, si se quiere.

martes

Un ligero olor a pino.

Corría. Era consciente de su existencia fragmentada. El esfuerzo que hacía al correr estiraba los segundos de manera infinita, en un segundo pasaba una eternidad escuchando su respiración, en otro segundo que corría paralelo al primero sentía un ligero dolor en la rodilla izquierda que duraba siglos. Solo cuando se enfocaba en pensar, los segundos se acallaban, él sabía que seguían ahí, sin pasar, extendiéndose, pero era en esos momentos en los que revisaba su vida que los segundos guardaban silencio.
En un recodo del camino mientras en sus audífonos sonaba un solo de piano, se perdió.
Poco a poco sus pies comenzaron a rozar la superficie de asfalto, elevándose, hasta ya no tocarla. Levitaba en un espacio ingrávido y al mismo tiempo la constante omnipresencia de los segundos lo llevaba a sentir el dolor en la rodilla, la respiración entrecortada, el recodo interminable del camino y el solo de piano que se había convertido en una nota eterna, una tecla pulsada para siempre.
Mientras levitaba se había ido al camino de su infancia, una calle fría en una mañana clara con el asfalto húmedo de rocío y unas pocas hojas rompiendo el vacío de manera perfecta, bailando en el aire una danza que, de haber estado corriendo, habría sido eterna. Su evocación le traía una larga tristeza, se encontraba perdido en los caminos de su memoria y al mismo tiempo, mientras corría en el ahora, una parte de él intentaba analizar qué le había traído tal ensoñación. El olor a grama, la humedad en el viento que le golpeaba la cara, o tal vez fuese el dolor en la rodilla, pues siempre le había parecido un tanto doloroso recordar. Recordar era estar consciente del suicidio del tiempo, de que fuimos y ya no somos lo que fuimos. Que se va desvaneciendo todo lo que en algún momento se pudo tocar, oler, probar, amar, y que comienza a habitar en ese espacio ingrávido en el que ahora estaba, un lugar opaco, como si se mirase a través de un vidrio empañado, un lugar sordo, con un ambiente cuyo sonido llegaba como el que llega a través de una puerta o una pared.
Sabía que esa calle de su infancia, en la que ahora estaba, no era verdadera. Era su calle. El cielo se había vuelto más oscuro y el lugar estaba solo, más de lo que probablemente habría estado en el instante en que su mente infantil captó el momento. Sabía que de pequeño era poco probable que deambulara por la calle sin la mano de su abuela, y de haber querido habría podido recrear la piel blanda, las venas abultadas y los huesos sobresalientes, la fría suavidad de la piel vieja, su tacto confiable. Pero no, era fatalista, y aunque no lo aceptaba le gustaba tenerse un poco de lástima, verse sólo en una calle húmeda, como si viviera en un país templado y no en el alegre trópico. Le gustaba pensar que de niño todo su pequeño cuerpo había afinado los sentidos y una mañana cualquiera había enfocado la mirada en las hojas danzantes, el oído en los sonidos sordos del ambiente, la piel se había erizado para sentir las gotitas de humedad y su mano había desaparecido para borrar el amoroso tacto de la mano de su abuela, y así regalarse un recuerdo triste que abriría 26 años más tarde.

Una ramita crujió bajo su pie y se percató del eterno recodo que andaba transitando, el dolor en la rodilla, la respiración entrecortada, la nota de piano interminable. Una vez más sintió sus pies despegarse del suelo, levitó. Se vio en la calle matutina, pero ahora un ligero olor a pino recorrió su memoria.

Derechos Reservados.

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