domingo

Antonia y Sebas

Antonia bajó la taza de café, y la empujó a unos centímetros de ella. Sebas pudo notar que no se había acabado todo el café. Antonia revisó por última vez su teléfono y lo guardó rápidamente en su cartera. Dirigió una sonrisa hacia él, a modo de despedida. Se levantó, besó su mejilla y se fue.

Sebas apenas pudo reaccionar. Había quedado absorto ante la taza de café.

Conoció a Antonia dos semanas atrás, en una reunión familiar. Lori, su hermana, los había presentado. Desde el apretón de manos inicial sintió interés por ella. Fue un apretón firme, serio, con una mirada directa a los ojos  -"Antonia Giraldo"- escuchó claramente, y tras el nombre, una leve sonrisa. Sebas cayó, siempre le atrajeron las mujeres con carácter.

Esa noche, se acercó a ella en la mesa de entremeses y la abordó, comenzaron hablando de sus respectivas carreras, luego un poco de política, religión, libros, del mal carácter de Lori y, finalmente, entre risas Antonia tomó el teléfono de Sebas y anotó su número -"Antonia Giraldo"-. Fue una noche fantástica.

Sebas, arquitecto, con maestría, con unos diez años más que ella, simplemente se quedaba absorto ante su personalidad. Había pasado una semana desde aquel sábado, y ya se habían visto cuatro veces. Antonia solía llegar siempre sin problema a donde Sebas la invitaba. Esa resolución y determinación a él le encantaba.

Sin embargo notaba que desde su primera conversación, no habían logrado tener otra tan fluida. En sólo cuatro salidas ya se trataban con la cordial pero monótona atención de quienes se conocen por largo tiempo -"Hola, ¿Qué tal tu día?" - "Bien, ¿y el tuyo?" - y así la charla seguía intrascendente. Cuando salían, muchas veces los silencios los tomaban, y Sebas aunque quería saber mucho más de Antonia, se dejaba llevar, sentía que en cualquier momento tendría otra oportunidad para conectarse como esa primera noche, para entender más de esa Antonia que a ratos se le hacía inexpugnable.

Su carrera le había enseñado una lección crucial que intentaba aplicar a todos los aspectos de su vida -"si las fundiciones no son lo suficientemente sólidas, no podrán resistir ni el peso de una pluma" - por eso, cuando se trataba de relaciones personales, Sebas trataba de conectarse desde lo más profundo, si de verdad le interesaba la persona su estrategia era entender cuáles eran los pilares de su vida (familia, trabajo, amistades, religión, o los que fuesen) y ver si hacían match, así Sebas sabía que tanto potencial había, y si invertir o no, tiempo y esfuerzo en la relación. Sin duda era un tipo eficiente.

Y con Antonia compartía principios y valores, sólo le restaba construir momentos sobre las bases para que todo funcionara. Pues de resto se sentía completamente atraído hacia ella, la admiraba profesional e intelectualmente, y le complacía complacerla y hacerla sonreír.

Pero sentía que todo se enfriaba, la noche anterior habían ido a cenar, y ella estuvo sumergida en su móvil, él para darle su espacio, la interrumpió poco, sin embargo notó que no era normal tal abstracción en una cena con alguien con quien estás apenas comenzando a salir.

En la mañana se encontraron a pedido de él, quiso llevarla a desayunar antes de ir a trabajar, ella apenas probó bocado, y dejó el café a medio tomar, en una tácita despedida.

Ahora, absorto frente a la taza, Sebas trataba de entender esa capacidad de dejar las cosas a medias. De no seguir excavando hasta lograr el objetivo, de no remar hasta llegar a la orilla. Él habría excavado, remado, trepado el Gran Cañón de ser necesario, pero no era un desafío de uno, era de dos. Y sin duda ella perdió el interés.

Quise volver a leerte

En estos días he querido volver.

Volver a la habitación sucia y llena de botellas vacías de Chinaski. Volver a pasear por las colinas verdes de La Comarca. Volver a pasar Las Horas con la Srta. Dalloway. He querido volver a aquella autopista ruidosa de Japón, y ver la luna roja.

He querido volver, y no he podido.

Mucha o poca agua ha pasado bajo el puente, no lo sé. Para una hormiga una gota puede ser un tsunami.

Un libro no puede leerse dos veces. Al retomarlo, nosotros hemos cambiado, y en consecuencia, el libro también.

En estos días he querido volver. He querido recorrer de nuevo la historia en tu piel. Dormirme en tu calor. Ver el mundo con tu cabello sobre mi cara. En estos días quise volver a leerte, en braile, como siempre, y no pude.

Y creeme que hice mi mejor esfuerzo. Puse la misma canción ("Warning sign" de Coldplay), preparé el mismo desayuno (tostadas francesas, mermelada de guayaba, queso mozzarella y café con leche), recorrí descalzo los metros que separan la cocina de la habitación (3.45 mts). Entré, es la misma época del año y la luz se filtra por la ventana fría y tenue. Te observé como ayer, y eran las mismas piernas, tus pies con sus uñitas de esmalte vinotinto, las sábanas cubriéndote parcialmente. Tú, habitando mi cuarto, ajena y sumergida.

Quise volver a leerte, y no pude. Pues a diferencia del libro, nosotros no permanecemos en el estante, llenos de polvo. Eres una historia que se escribe a cada segundo, se reescribe, y avanza. Descubrí que nunca leeré tu piel dos veces, siempre será la primera vez.

Siempre me encontraré con un lenguaje nuevo bajo tus cicatrices, con palabras que no entenderé, con historias que no conocía. Y tendré que hacer, cada día el ejercicio de aprenderte. Conocerte.

Mañana entraré a la habitación de Chinaski. Caminaré por La Comarca. Pasaré horas nuevas junto a la Srta. Dalloway. Mañana recorreré tu cuerpo, un nuevo cuerpo y no seré el mismo, tú no serás la misma.
Eso, lo hace perfecto.

miércoles

Nunca visto

-.Para Andrea

Siento que quiero leer algo que hable de ti. Una historia que relate los segundos previos a que despiertes.

Leer a un narrador omnisciente que describa como las sombras que preceden el alba se detienen en tu piel, besan tus párpados cerrados, se enredan en tu cuello, bajan por tus brazos, se profundizan entre tus dedos.

Quiero leer como las sombras asaltan tu cuerpo dormido, enmarcan tu silueta, te retratan a carboncillo, te besan en rincones insondables.

Tú, acostada, ida en tus sueños, no tienes idea de como las sombras te acobijan y se enamoran de ti, para luego ir desvaneciéndose, porque las sombras son un amor fugaz y lo saben. Se van sin rencor, sabiendo que mañana volverán.

Llega la luz.

Ella te baña. No soporta que la sombra te haya besado, la luz sí es rencorosa y celosa, y persigue a la sombra, la auyenta con su fulgor, te deslumbra y deja ver tus pequeños momentos: tu piel bajo la sábana caída, un pie que escapa de la manta, tus uñitas color crema, casi blancas.

La luz se estrella contra tus cabellos color noche, y los quiere vencer pensando que son sombras, pero no puede y resbala por ellos, para caer en tu frente, en las pecas de tus mejillas, en tus labios y ahí se queda, acurrucada en ellos.

Nunca antes se vio una luz queriendo dormir.

Tú, ajena a esta lucha de luces y sombras, tu echada sobre la cama, las manos tendidas en perfecto desinterés, la respiración acompasada que mueve tu hermoso pecho apenas visible bajo tu camisón blanco.

Tú, en otro universo y tan aquí.

Dormida, sin saber que entre las sábanas, en el lugar donde tu cuello se esconde tras el lóbulo de tu oreja, refugiada de la luz entre la almohada y la manta,  una pequeña sombra atrevida te besa la piel.

Quise leer una historia que te viera amanecer, y luego supe que la tendría que escribir.

En el ocaso todo se ve más triste

La tenía a su lado, y no quería hablarle. Ya no era aquella persona de quien se había enamorado. Mirando por la ventana del auto en movimiento, veía pasar el paisaje borroso, una mancha que había cambiado de verde a pardo a medida que se alejaban de la playa y el día moría. 


El primer día:

                    La conoció un año atrás, en un viaje a la montaña. Andrea, su prima, la había llevado. Él, quien para ese entonces tenía dos años soltero, había ido con el único plan de jugar dominó con sus amigos, acabarse las dos cajas de cerveza y las tres botellas de ron que compraron antes de salir de la ciudad y pasar el fin de semana riendo y bromeando. Pero luego vio a Claudia y el viaje se le hizo mucho más interesante.

En la montaña, Luis sólo tuvo ojos para Claudia, se sentaba disimuladamente cerca y le buscaba conversación. Así pudo enterarse de que era nieta de inmigrantes italianos, que había estudiado psicología, le gustaba el rock indie y el Gin Tonic con mucho limón. Cada vez que el IPod quedaba libre, Luis colocaba una canción de "The Strokes", "The Smiths" o de "The Killers" de manera disimulada, sólo para escuchar decir a Clau (ya le decía Clau) cuanto le gustaba la canción, y luego admitir con falsa modestia que la había colocado “De casualidad”. Durante el viaje, los dedos de Luis se mantuvieron arrugados de tanto exprimir limones.

Ese fin de semana, Luis echó mano de todos sus conocimientos sobre psicología (muy pobres, por cierto) para tratar de impresionar a Clau. Descubrió que el sarcasmo la hacía reír, que le gustaba el café con poca azúcar en la mañana y que era friolenta, así nunca desaprovechó la oportunidad de quitarse heroicamente el abrigo ante la más mínima brisa y colocarlo sobre los hombros pecosos de Clau, siempre fingiendo que era algo desinteresado que "cualquier caballero haría".

Tras dos días de ausencia de Luis en la mesa de dominó, sus amigos reclutaron a Andrea, quien encantada accedió a jugar y así Clau quedó libre para conversar, tomar los Gin Tonic preparados por él y tararear, con voz tímida, apenas audible, los coros de las canciones de "The Smiths" sentados en la terraza de la casa mientras veían las estrellas.

Esa noche, ya bastante atontados por la ginebra y arropados bajo la misma manta, sentados hombro a hombro, Luis tomó la mano de Claudia mientras Morrissey cantaba:

"So please, please, please,
Let me, let me, let me
Let me get what I want…”

Ella, al sentir su tacto, le apretó con fuerza, y Luis sintió como unos diablillos ardientes se le alojaban en los pómulos, que se volvieron rojos. Sonrió de genuina felicidad.

Y Morrissey cantaba:


De 4 a 6 meses:

          Luis y Clau ya eran una pareja establecida entre el círculo de amigos de ambos. Él ya jugaba dominó con el Señor Renzo los domingos en casa de Clau, aconsejaba a su hermano Luigi (un larguirucho post adolescente) respecto a las mujeres, y no había un domingo en que no llegara a la casa con un ramo de flores para la señora Gabriella y chocolates para la Nonna.

Claudia era la pareja oficial de Luis en el dominó durante las reuniones con sus amigos los viernes por la noche. Cuando jugaban mímica, no había quien descubriera más rápido las señas de Claudia que Luis y viceversa. Gracias a ella, Luis había adquirido la costumbre de salir a correr los fines de semana, primero para acompañarla, luego porque le gustaba adelantarla y esperarla con agua y la barra de proteínas al final del recorrido, abrazarla sudada y besarla mientras sentía su corazón aún desbocado por el ejercicio, y el de él, desbordado de emoción.

Gracias a ella, Luis se encontraba totalmente actualizado en cuanto a películas románticas se refiere. Había hecho un repaso completo del género, desde “The Notebook”, pasando por “He's Just Not That Into You”, hasta “Lalaland” e incluso se sabía parte del soundtrack.

Los domingos, después del almuerzo familiar, por lo general veían una película durante la cual el Sr. Renzo solía quedarse dormido y la Sra. Gabriella solía irse a arreglar la cocina (que permanecía perfectamente limpia y ordenada). Ese era el momento preferido de Luis. Con la cabeza de Clau recostada sobre su pecho, jugueteaba con el lóbulo de su oreja y la miraba sin que ella supiera, sin poder evitar un suspiro…

"City of stars
Are you shining just for me?
City of stars
There’s so much that I can’t see
Who knows?
Is the start of something wonderful and new?…”

Súbitamente Luis hundía su nariz en el cuello de Clau, y aspiraba para quedarse con su olor, agradecido porque con ella había llegado la felicidad…



De 8 a 10 meses:

                Era un jueves por la tarde y Luis salía cansado de su trabajo. Tenía que ir a casa de Claudia, y aunque adoraba a su familia, habría dado lo que fuese por quedarse en casa, ver tele y acostarse a dormir, sin embargo, era el cumpleaños de Luigi y le iban a picar la torta. Claudia lo había comprometido a llevar otro postre, y le había especificado que tenía que ser el tiramisú de una pastelería que, por cierto, quedaba fuera de la ruta entre el trabajo de Luis y la casa de Claudia.

Tras una demora de dos horas, durante las cuales Luis había yacido inmóvil ante el volante en un infernal trancón, finalmente llegó al cumpleaños, para ser recibido por la mirada severa de Claudia. Ya habían cantado cumpleaños y la mayor parte de la familia se había ido para cuando Luis depositó el Tiramisú sobre la mesa.

Luis ya no iba todos los domingos a casa de Claudia, algunos domingos los dedicaba a jugar Play Station en línea con sus amigos. En una reunión con sus amigos, le había pedido amablemente, que le dejara hacer pareja en el dominó con Andrés y desde ese viernes no volvieron a jugar juntos. Cuando Claudia subía a su auto, le molestaba que conectara su Ipod para escuchar “The Smiths”.

Tenían planeado irse de vacaciones a Italia para final de año, iban a salir del país juntos por primera vez, soñaban con recorrer Roma, Venecia, comer pizza y tomar vino en cualquier plaza perdida de Italia. Ella se había dado la tarea de planificar de manera meticulosa todos los aspectos del viaje, investigaba, leía, sacaba las cuentas. Y si ella era la planificadora, Luis era el ejecutor. A orden de Claudia, había visitado al menos 5 agencias de viaje, 6 líneas aéreas, había ido por lo menos 4 veces a comprar ropa de invierno con ella y en no menos de 5 oportunidades había tenido que volver a cambiar la ropa porque a Claudia no le gustaba probarse las prendas en la tienda.

Un domingo en casa de Claudia, Luis llegó con flores para la Señora Gabriella y Ferrero Rocher para la Nonna. Después de comer, ya en el estudio, miró la película con la cabeza de Claudia sobre su pecho. Luego se despidieron con un beso de rutina. Manejando de regreso a casa, en la radio sonaba Franco de Vita...

“No hace falta decirlo con tus ojos me basta, 
con una simple mirada lo puedo entender…”

Luis pensaba en el calor que le daba ver películas con Claudia montada sobre el..



El último día: 

               De regreso de la playa, a donde habían ido con sus amigos, Luis miraba absorto como el paisaje se convertía de verde a pardo. Claudia, en la otra ventana cantaba con los audífonos puestos, iban en la parte trasera del carro y entre ellos solamente los bolsos del viaje.

"Well you only need the light when it's burning low
Only miss the sun when it starts to snow
Only know you love her when you let her go"

No fueron a Italia. Nunca comieron pizza o tomaron vino en alguna plaza perdida. Claudia corría sola, Luis iba a donde sus amigos sin ella. Durante el viaje no hicieron el amor una sola vez.

Claudia cantaba:



-En el ocaso todo se ve más triste- pensó.

La antesala al paraíso.

José vivía en los pasillos del ayer. Rememoraba cada paso, recordaba cada esquina en la que dobló, las escaleras que subió, las veces que cayó. Pero especialmente, José recordaba los caminos que no tomó. 

Sentado frente a la ventana, en su viejo apartamento, veía las ventanas iluminadas del bosque de concreto y metal en el que vivía. "Tanta gente" pensaba, y cualquiera de ellos, habría podido ser él. Habría bastado con cruzar en la esquina anterior, o incluso un segundo antes y todo sería diferente. Habría bastado con esperar un poco más, con no partir, quedarse. Un poco más de ímpetu o un abandono más apresurado y hoy todo sería diferente. 

Tantas cosas había amado José, y tan pocas le quedaban ahora. Sólo, sentado frente a la ventana, el café y los pasillos. Lo que hoy parece eterno, mañana es un recuerdo. 

No sabía con exactitud qué sentía. Por momentos, le parecía inútil recorrer esos pasillos, pues ya todo estaba contado. Sin embargo, siempre volvía al edificio de su pasado. A veces sentía un deleite morboso, masoquista, aderezado por su dolor, como arrancarse con la uña una costra en la rodilla, al pensar en todas las oportunidades que había dejado ir. Otras veces, era gozo por recordar los tesoros, los tesoros que perdió, y en esas ocasiones el gozo no era triste, pues contrastado con su lúgubre realidad, se le hacía más brillante y precioso, su consuelo era haberlos tenido al alcance de la mano, y haberlos perdido porque quiso, fue su voluntad lo que lo llevó a estar frente a ese café, fue dueño de sus pasos y eso, en cierto sentido, lo consolaba.

Ella era quizá la habitación más brillante de su edificio. No solía pasar siempre por su puerta, le gustaba dejar la visita para ocasiones especiales, cuando el día estaba especialmente frío, o cuando escuchaba una canción que le movía las entrañas. Cuando iba hacia ella, le gustaba hacerlo lento, disfrutar cada detalle, recorrer con deleite cada paso. Y así iba, primero se detenía en su cabello, ligeramente ondulado, bañado con la luz de innumerables soles atrás. Su cabello, que caía y se dividía en su hombro, y su hombro: piel desnuda, apenas cubierta por la tira de la blusa, una blusa azul pálido, y un hombro moreno, brillante, como una vasija de barro recién pulida y aún caliente del horno. Los recuerdos de José iban subiendo por su piel. 

El cuello formando una delicada curva que en ascenso moría en el lóbulo de la oreja. Tierno, hendido por una perla. Una mejilla cubierta por minúsculos vellos, apenas perceptibles contra la luz del atardecer, un lunar mínimo como un punto y seguido. Y ahí, el primer detalle que hacía sufrir a José, una hendidura de apenas unos milímetros, el paréntesis que contenía su sonrisa, un huequito en la mejilla que era la antesala perfecta al paraíso. 

Los ojos de José se humedecieron ante la pregunta más inútil y más dolorosa "¿qué habría pasado si...?". Paula, sin duda era la habitación más hermosa de su condominio de recuerdos, y la más dolorosa. Siendo joven, José pensó muchas veces que las oportunidades eran infinitas, que el futuro siempre sería mejor, que la felicidad, cuando llegara, se le rebelaría sin duda, sin ambigüedad y él estaría completamente seguro, tomaría la oportunidad y enrumbaría hacia el sol. Pero no, hoy José sabía que la felicidad no viene en una cajita de regalo, que no es una revelación, que nadie la decreta por nosotros y nos la otorga. 

José, en la habitación de Paula, tenía una sola certeza: la felicidad son instantes, son los millones de rectas que componen la curva de la sonrisa de Paula, y eso era suficiente. Solamente tenía que haber tomado el camino, el camino con dudas, el camino que requería esfuerzo, el camino que en ese entonces no parecía tan brillante, y construir un sol con sus propias manos y la sonrisa de Paula, tomar cada segundo, cada momento y hacerlo un espejo, miles de espejos, millones que iluminaran el sendero, juntos. 

La habitación de Paula apenas brillaba, era una vela moribunda. Pero era la habitación más brillante del edificio de recuerdos apagados de José. Ya sus ojos nublados, no eran capaces de llegar a su sonrisa luminosa, y se humedecían en la antesala del paraíso. 

Derechos Reservados.

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