Acostado en mi cama, de noche, veo como se reflejan en el techo las luces de los carros describiendo una parábola efímera, acentuando las sombras con luz. En esos momentos me recuerdo de cinco años, en la cama de mis abuelos en San Antonio de los Altos, acostado entre ellos, sintiendo su respiración suave, el calor de sus cuerpos, a punto de dormir profundamente.
Recuerdo también con detalle el espacio detrás de la puerta de entrada de esa casa, el descanso de la escalera, el olor a cigarrillo del cuarto de mi papá, la esquina del jardín donde estaba la mata de higos. No sé exactamente cuándo fue la última vez que los vi, cuándo les dije adios por última vez sin saberlo, a esos lugares, a mis abuelos.
Así, recuerdo muchos lugares que transité, lugares que amé, que viví y que despedí sin saber que más nunca los vería: la acera levantada por las raíces del árbol atrás de mi casa en San Martín, la mesa de la UCV en la que tomábamos el café por las mañanas o al mediodía, aquel bar al que fuimos muchas veces y al que, en alguna noche decidimos no volver, y nunca más volvimos.
Esos lugares permanecen en mi, a veces por quien fui en ellos, a veces por la gente que estuvo a mi alrededor. La cama sin mis abuelos no sería nada, la acera no existiría en mi memoria sin lo mucho que luché pasando por ella, de madrugada, intentando ser mejor. La mesa de la UCV sin los amigos sería intrascendente y el bar no persistiría en mi memoria sin lo que era Caracas para mí en ese entonces, la noche, la vida, las posibilidades.
Hoy veo las luces en el techo mientras espero que mi hijo de tres años se duerma, no estamos en Caracas, ni siquiera en Venezuela, pero del otro lado de mi hijo está su mamá, a los pies está nuestra perrita, y yo hoy solo quiero que en el futuro mi hijo recuerde haber sentido la respiración tranquila de sus padres y el calor de nuestros cuerpos antes de dormir profundamente.
