domingo

Martín hablaba.

 "Hoy todo existe para culminar en una fotografía"
Susan Sontag 
       Martín hablaba, trataba con todo su ser de que la nostalgia no saliera por su boca. De no emitir ningún comentario fuera de lugar, intentaba mantener lo que debía ser una charla intrascendente con una persona cualquiera. Pero era ella. 

Mientras Martín hablaba, intentaba parecer diplomático, ameno. Mientras aplicaba el conocido guión "Que bueno que te está yendo bien, te lo mereces... Si, acá la vida está muy cara... El gobierno... La delincuencia... Blah, blah, blah" 

Muchas veces había imaginado esta conversación. En su mente, daba siempre las respuestas correctas a las preguntas de ella. Articulaba oraciones geniales. Le hacía ver cuánto habían disfrutado juntos, y cuánto habían perdido por separarse. En su mente era el interlocutor ideal. Ahora, se econtraba postrado frente a ella, con el café humeando y una sonrisa plástica en la cara, con mil frases en la cabeza y con la absoluta certeza de que cada una de esas mil frases sonaría estúpida si lograba salir de su boca. Martín hablaba. Trataba con todo su ser de no decirle que la extrañaba.

"Es inaudito, la inflación nos está matando..." El robot Martín hablaba. Su ser se encontraba lejos de ahí. Se había ido distanciando de sí mismo, y ahora en su mente se encontraba viendo la película de su otra vida. En la pantalla, una pareja caminaba por un soleado jardincito, un domingo. Ella con lentes, su cartera y un helado de paleta en la mano, hacía lo posible por no manchar su ropa. Él, a unos metros de ella, la miraba, sacaba su celular e inmortalizaba el momento. Era una postal tan perfecta, que tenía total sentido el que sólo hubiese durado unos segundos. 

Martín, el espectador, miraba la escena incrédulo. Le parecía inaudito haber dejado ir la posibilidad de tener más domingos soleados a su lado. En la escena, Martín el fotógrafo de postales, la miraba con todo su ser, intentaba captar con sus ojos cada rayo de luz que se convertía en color, con sus poros la brisa que movía los vellos de sus brazos luego de haber pasado el cabello de ella, y despeinarla. Intentaba retener su perfume. 

Durante un instante ella le miró. Se había quitado los lentes de sol, y con una mueca de extrañeza le sonrío, la paleta de helado sucumbía al calor del domingo. Martín bajó el teléfono, e hizo una fotografía verdadera. Con todo su ser captó el momento. Luego su cuerpo no tuvo otra que humedecer el lente, que eran sus ojos, con una minúscula lágrima que le decía "todo pasa Martín". El sol, las sonrisas y los helados se derriten al calor de los domingos.

Martín, el espectador, en su sala de cine personal. Oscura y fría. Miraba la película de aquel domingo y, de pronto, tuvo una gran necesidad de emerger, hacia el Martín robot. Corrió escaleras arriba, una interminable escalera de caracol, una escalera que parecía hundirse en el piso de su subconsciente y que a cada paso, descendía dos metros. 

Tenía un mensaje importante. Quería emerger para quitarse el piloto automático, para inhabilitar al robot que hablaba de inflación, del gobierno, de cualquier tontería. Quería hablarle de los domingos y de la imagen que había atesorado en sus pupilas, en sus poros, en su nariz. Quería entregarle la postal que había tomado con todo su ser, y matar las conversaciones intrascendentes. desterrar las respuestas monótonas, la charla común. Quería decirle que dentro de él, había un Martín que aún la miraba con los ojos humedecidos de ternura, que al mismo tiempo había un Martín desesperado por hablarle de verdad. Y que el único Martín falso en esta historia era el que le sonreía con condescendencia. 

Ella posó una mano sobre su piel. De golpe, el robot, el espectador y el fotógrafo se volvieron uno. El tacto se les hacía extraño. La mano que ahora los tocaba, era otra. 

Martín tomó una postal de un martes por la mañana, una postal que duró lo que dura un café en enfriarse, o lo que dura una charla intrascendente, una conversación vacía. Una postal que le decía, que pasamos por el tiempo como el agua pasa por el cauce del río. Somos otros. 

Nos vamos dejando.

Hay cierta derrota en las cosas que nunca llegamos a alcanzar. Hay una bifurcación en la vida y probablemente una parte tomó el otro camino y te llama, con un grito ahogado a través de la pared y apenas logras escuchar un ruido sordo. Una parte de ti despierta y se da cuenta de que, incluso en los sueños que no alcanzamos dejamos algo de nosotros, y ese algo sigue vivo en un camino paralelo, en cada cosa que tocamos, en cada persona que amamos ese algo persiste y nos invita a regresar. 
Así seguimos avanzando, dejando polvo y sentimientos en el camino, por eso cuando llegamos al final somos una versión más pequeña de nosotros mismos, porque mucho lo dejamos en las cosas que vivimos. Somos más pequeños, pero somos infinitos, pues nuestras manos dejaron algo de nosotros en cada cosa que tocamos, en el pomo de cada puerta que abrimos, en la página de aquel libro que ansiosos pasamos. Nuestros labios sembraron en aquella piel que con pasión besamos. Nuestros ojos dejaron parte de nosotros en cada estrella que tirados en la grama miramos y en la galaxia que habita en tus ojos. Hoy llegamos al final encorvados, pequeños, casi marchitos, porque todo lo inmarcesible de nuestro ser lo sembramos en los lugares que amamos.


Aquí tienes una parte de mi.


sábado

Milagro personal

Hay milagros que suceden a nuestro alrededor cuando cerramos los ojos, y no los podemos ver si no abrimos el alma. 

Todo quieto. Todo calmo. Apenas el ruido informe y omnipresente del ambiente, apenas una estela fresca que no llega a ser frío sobre mi. Ese momento en el que al parecer estamos tan dormidos que no sentimos y nos creemos levitar sobre el colchón con la mente alejada del cuerpo, atenta y en blanco, tan solo percibiendo.

Una fría luz se filtra por la rendija entre la cortina y la pared, es blanca y parece un milagro al detal, un acontecimiento para mi. Y puedo creer que en toda la historia de la humanidad, desde el primer momento en que ojos humanos percibieron la luz, hubo millones de momentos así, pero este es mío. 

¿Cómo atrapar un momento entre las fauces de mis palabras?

Es como el perro que muerde el agua. Queda la sensación mientras casi todo se desparrama entre los dientes, solo el recuerdo más primitivo atesora la fresca sensación en la lengua, en la mandíbula, incluso en el mentón con el agua escurriendo, los segundos se van llevando el momento y es, sin duda, esa fugacidad lo que lo hace inolvidable.

Y así, la vida.


domingo

De las ideas

Es posible que el camino sea ir pensando, ir moldeando una serie de ideas, energía informe, anti-materia cuya única comprobación es saberse pensada. Es probable que para ir siendo, para llegar a ser, sea necesario primero prefigurarse, idearse, imaginarse siendo.

¿Será que lo que precedió a todo fue un pensamiento, un sueño?

Hay quienes piensan que Dios primero soñó todo y que al despertar decidió hacer la luz. Y esto se comprueba a cada instante, pues cada hecho precedido de una idea, de un plan, de un pensamiento, de un sueño es la comprobación de que si en algún momento lo informe derivó en lo concreto, esto entonces es así por los siglos de los siglos y en todo lugar.

Caracas

2014

Una asignatura

Una mañana del ayer, de esas que se confunden en la nebulosa del recuerdo, una mañana cuyos débiles perfiles apenas se vislumbran, y sin embargo, una mañana memorable. Como al emprender el camino hacia la cumbre de una cordillera, cuyas primeras elevaciones son tenues y suaves, para después ir ganando en verticalidad y ruptura, el recuerdo del ayer apareció primero como una breve anécdota, tan poco interesante que optó por archivarla. Pero que luego, tal vez por la piedra que significa una verdad que no se acepta, fue cobrando brillo y sobre todo peso, el peso insoportable de la inexistencia.

Una mañana del ayer, un profesor de filosofía de la universidad le había hecho al curso una pregunta en apariencia inocente -¿Cuál es su pasión en la vida?- desfilaron hobbies, ocupaciones, actividades fortuitas, y ante la sarta de falacias, el Profesor optó por detener la actividad para pedir, no con poca astucia, que entregaran la próxima clase un ensayo explicando su pasión.

Llegó a la casa, resuelto, no sólo a demostrar que tenía bien clara su pasión, sino también a hacer de su argumento una exposición de brillante redacción y genialidad. Dirían, que al menos él sabía de que hablaba y sabía decirlo bien.

Comenzó argumentando que gustaba de la lectura, pero que no era la lectura solamente, sino la lectura histórica, ahí fue avanzando y entre anécdotas que justificaban tan erudita pasión fue concluyendo que todo eso no era más que un tobogan que desembocaba en la escritura, y concluyó, que su pasión total era escribir.

Entregó el ensayo de unas cuatro páginas el día asignado, cuando hubo leído el mismo, el Profesor lo devolvió y con una sonrisa maliciosa y complice le tildó de mentiroso. Lo dijo como quien se sabe de un ingenio superior, quien entiende el por que de algo que a todos los demás se les escapa. Lo dijo y le ofendió, incluso llegó a pensar que era imposible que un profesor, por más títulos y estudios que tuviera, pudiera poner en entredicho algo que consideraba como un hecho capital de su vida. ¿Qué iba a saber él? Si apenas le conocía. Su indignación no llegó nunca a su lengua e intentó sepultar el episodio como quien se cae en un lugar desierto ¿realmente se cayó?

Hoy, años después, cuando rememora, encuentra los perfiles débiles y esquivos de ese día contrastados con una verdad desempolvada, pues como una gema que se descubre en un cuarto de viejos despojos, la posible falsedad de su argumento, aquella “pasión” que nadie, salvo el atrevido profesor, debió poner en entredicho, destacaba en el claroscuro de su conciencia como una mentira tecnicolor.

Había sido juez y jurado de su argumento y había perdido el litigio, ni siquiera sabía por qué. Aquel Profesor le había implantado la duda y esta encontró terreno fértil pues no había otra certeza que deslumbrar y no había otro móvil que hacerse creer complejo.

Y, como ya deben haber imaginado, no había pasión.



Caracas

2014

Derechos Reservados.

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