domingo

Hambre.

Agitados aún, se tumbaron sobre el colchón. Él tenía un poco de hambre, sin embargo ella tenía su brazo posado sobre su pecho, y lo podía sentir cálido. Su mano le acariciaba el hombro, y el olor de su sudor, mezclado con su perfume flotaba sobre ambos.

Pospuso la idea de ir a la cocina por un bocadillo de media noche. El momento era hermoso. Ella se pegó a él, lo abrazó, y su calor terminó de calentar las frías zonas de su piel que hasta hace un momento habían estado crispadas de placer. Él besó su frente perlada por el sudor, mientras lo hacía se daba cuenta de que así debía ser la vida, con ella entre sus brazos, en una noche atemporal, sin importar la hora, solamente atesorando su cuerpo desnudo, su cabeza sobre su pecho, su cabello regado sobre él. Y estar desnudo, desnudo con ella. Desnudo cuando toda la excitación del momento se va y nos volvemos pequeños, desnudo en ese momento en el que los hombres y las mujeres se visten o se cubren. Desnudo y vulnerable con ella, sin nada que temer.

¿Era posible que se pudiera flotar aún más después del sexo que durante el mismo? Ahora sabía que si, era posible. Era un éxtasis completamente distinto, no era aquella excitación apresurada, ansiosa, devoradora. "Era plenitud" pensó. Era querer aspirar todo el aire del mundo en sus pulmones y retenerlo, expandir su pecho al tamaño del universo. Era querer abrazarla con toda su piel, cubrirla completa y besarla con cada poro, con cada centímetro de su ser. Y sin embargo era no querer moverse, congelar ese instante, permanecer con su índice dibujando círculos sobre su piel eternamente. Era el paisaje más hermoso, la postal más encantadora, la fotografía más adorable, y lo mejor era que no podía verla, porque era parte de ella.

Se estaba poniendo cursi, lo sabía. La emoción se le agolpó en las fosas nasales y las lágrimas llegaron al borde de sus ojos, convexas. A punto de precipitarse mejillas abajo. La abrazó. La besó en los labios, y al hacerlo cerró los ojos con la misma fuerza con la que cerraba su cuerpo entre sus brazos, al hacerlo las lágrimas se esparcieron por su cara para morir en el colchón. Ella, adormecida con los labios fríos, le besó, y sus pequeños dedos le acariciaron la cara en un gesto sumamente tierno, barriendo el surco de lágrimas que había quedado sobre su cara. Sentir esa humedad pareció sorprenderla, abrió sus enormes ojos, y aún en la oscuridad él pudo ver su brillo. Le besó con más fuerza, sus cuerpos se apretaron.

Sentía sus caderas pegadas a él, sus piernas suaves, su pecho desnudo. Poco a poco el tierno beso se fue alargando, expandiendo, los labios se abrieron para dar paso a dos lenguas húmedas y tibias, dos lenguas que con sensuales movimientos curvos, se abrazaron y saborearon. Los dientes mordieron los labios suaves, produciendo una sensación apenas dolorosa. Y las manos recorrieron el cuerpo. La piel, ya seca, suave y tierna dejaba que las manos deslizaran en nuevas caricias, descubriendo nuevas rutas por su cuerpo. Las terminaciones nerviosas de ambos estaban de nuevo atentas, y ante cada nuevo movimiento vibraban y se estremecían.

Y todo se volvió aliento, piel, humedad y deseo. Subieron de nuevo, y abrazados descendieron.

De nuevo, tumbado en el colchón exhausto por la doble faena, con su sabor aún sobre la lengua, con su olor en la punta de la nariz, con su piel aún con las huellas de la piel de ella, volvió a sentir hambre. Pero no sólo de comida. Hambre de vida, hambre de colores, de sabores, de sensaciones, hambre de querer sentirse exhausto mil veces junto a ella. Hambre de querer verla sonreír mil veces, de querer llenar de brillo sus ojos, hambre de querer ser el hombre con el que ella siempre subiera y con quien siempre, abrazados, descendiera.

La besó y sonriendo en la oscuridad, fue a la cocina a preparar dos bocadillos de media noche.

Siempre los domingos.

Ciertas cosas cotidianas le entristecían. Como esa hora de la tarde en la que mueren los colores y todo es gris. Eran unos breves minutos, pues cuando ya oscurecía y los contrastes tomaban la habitación, la tristeza parecía esconderse en ese negro insondable. 

"If you leave me now" de Chicago. 

Un plato con sobras del día anterior, las migas de pan aún esparcidas sobre la bandeja. Su ropa tirada en algún rincón de la habitación. 

Realmente, lo que le ponía triste era el tener que cerrar los círculos, que eso que en algún momento significó vida ahora era una serie de despojos, y tener que ser precisamente él quien se encargase del entierro de las memorias. 

"Todo lo muerto nos incomoda" pensó. Sus cabellos muertos en el cepillo de peinarse. El polvo agolpado en los rincones inalcanzables de su casa. La canción que ya nadie escucha a menos que esté muy triste, muriendo, en cierta forma. 

Todos los recuerdos. La estancia entrando en el ayer, los colores feneciendo, los perfiles desdibujándose. La comida dura, a punto de dañarse. Su soledad. 

Y cuanto más brillante era el recuerdo, más cruel se volvía su opaca realidad. 

Los domingos. Siempre los domingos. 

martes

El culo de Belcebú

-Con calor no se puede escribir- 
Pensó, mientras veía las sombras que se reflejaban en el estudio, un pequeño infierno de 2 metros cuadrados. Los rayos del sol herían el caldeado ambiente, una quietud espesa dominaba la estancia, metiéndose en cada resquicio. El calor le mantenía la camisa pegada a la piel como papel celofán mojado, los cabellos sobre la frente empapada, y el teclado del portátil caliente como el mismísimo culo de Belcebú.

Las sombras contrastadas con la hiriente claridad del furioso sol, se hacían más negras y le hacían pensar que solamente en esas minúsculas cavernas negras se podía estar a salvo del ardiente sol. Un platillo y un tambor le daban ritmo de Jazz a la habitación. Un soundtrack monótono que de vez en cuando se interrumpía por un pesado saxofón, para luego bajar su ritmo e intensidad a un volumen casi imperceptible. Cuando la música bajaba, lograba escuchar claramente el tinnitus que siempre le acompañaba. 

Agitó la cabeza para despejarla, de tanto tratar de convertir cualquier escrito en una carta para ella tenía la palma de las manos hirviendo mientras la pantalla se mantenía blanca. Se levantó del asiento, la espalda mojada por el contacto contra el espaldar de la silla. Fue a la cocina y a pesar del calor montó la cafetera. En Venezuela había escuchado alguna vez que, en las tardes de modorra, los orientales solían combatir el calor con calor: se bebían un café negrito bien caliente o se servían un hervido de pescado de esos que hacen sudar la frente y queman la lengua. Volvió a sentarse frente a la pantalla blanca mientras el saxofón, que había doblegado a la batería, entonaba un sólo tan grueso, tan bajo y espeso como el ambiente de cobijas calientes que se respiraba en el estudio.

Era un hombre de contrastes, y por eso casi nunca estaba feliz. En los días de calor, su mente viajaba a las noches frías cuando, después de haber hecho el amor, se quedaba dormido con ella a su lado, muerto de cansancio sin alcanzar a cubrirse con la cobija, entonces el sudor se le congelaba sobre el pecho y los pies, para despertarlo al cabo de un rato al borde de la hipotermia. En esos momentos solía soñar que caminaba desnudo por una cueva húmeda, los pies resbalando sobre la piedra helada, mientras que desde las sombras una multitud imperceptible pero omnipresente le miraba. 

Incluso en sus momentos más felices solía adelantarse y pensar en el final de ese momento -Cuando acabe el beso, cuando se vaya, cuando terminemos-. Y acababa con la mirada perdida. 

En los momentos más tristes pensaba en su sonrisa, y en lugar de alegrarse, una dulce nostalgia se adueñaba de él. La saudade, como dicen los portugueses. En esos recuerdos, solía fragmentar las imágenes. Recordaba, por ejemplo, el ligero canal que iba de su labio superior al nacimiento de su nariz. O pensaba en la suave depresión en la que culminaba su espalda. La recordaba tumbada boca abajo, con el cabello regado sobre su rostro, y sólo una pequeña estrellita entre la maraña de cabellos. Un ojito que le miraba y brillaba en la sombra de su caverna personal. 

Cuando recordaba, todo se teñía de una hermosa tristeza, le parecían verídicas las palabras de Sábato "Todo tiempo pasado fue mejor", y en su caso, el pasado era mejor pues él se empeñaba en matar el presente temiendo al futuro, el único refugio era su colección de tristes recuerdos. 

Un tenue olor a quemado le recordó que el café estaba listo, al dirigirse a la cocina, mucho más fresca que el estudio, pensó
-Mañana extrañaré ese pequeño infierno-.

jueves

Soledad superficial.

Necesitó quitar la tapa del café que le habían servido. Quería darse una dosis de cafeína a boca llena a pesar de que se estaba orinando. Ya había improvisado una pequeña oficina en la mesita del Café, y tener que desarmar su pequeña empresa se le hacía un fastidio. Para ir al baño, tendría que guardar todas las cosas que había dispuesto sobre la mesa de manera meticulosamente "desordenada".

Aunque el café era unas cuantas veces más caro que en cualquier otro lugar de la ciudad, y no necesariamente mejor, ir a esa cafetería se le hacía un capricho pagable. Le permitía verse idealizado y quizá soñar con la posibilidad de encontrarse con esa persona. 

Ella: un producto de su imaginación. Una idealización alimentada por la cultura pop, desde películas románticas noventosas, hasta films independientes de finales de la década 00. Películas de aire melancólico, días soleados y soundtrack retro. Así, se le ocurría que entre los sillones eclécticos de la cafetería, entre sus ganas de orinar y el buche de café en la boca, llegaría ella, medio despeinada, a sentarse frente a él, brindarle una mirada tímida de genuino interés, comenzar el flirteo, comenzar una vida. 

Él buscaba ese destino activamente. Se vestía a la moda, leía autores de la generación Beat, publicaba post interesantes en sus redes sociales con frases en inglés, y hasta estaba agradecido por su astigmatismo que le había permitido usar lentes retro, y verse más cercano a la idealización del treintañero indie, que Ella, su musa inexistente, podría tener. 

Sin embargo, ahí estaba, gastando más de la cuenta por un café malo, aguantando las ganas de orinar frente a unas doce personas que, como Él, miraban hacia la pantalla del ordenador, la tablet o el móvil, todos metidos en universos paralelos, creciendo en su alter ego cibernético y esperando, like tras like, post tras post, que la vida sucediera como en un film indie gringo, con una taza de café en la malo y una canción de The Smiths de fondo. 

Hizo una pausa. Al regresar del baño, se sintió más benévolo y pensó que, más allá de los demás, también hacía esto por Él -A veces hay que comenzar por parecer para llegar a ser-. Tal vez un día a fuerza de meterse en las depresiones de Burroughs, o de pasar los ojos por los escritos de Kierkegaard, sin entender un carajo, terminaría entendiendo todo. Terminaría hablando de filosofía con ella, una tarde de verano, entre fotos con filtros de colores y su sonrisa. Tal vez algún día escribiría algo que valiera la pena. La breve euforia de la cafeína se esfumó, y lo plástico de su existencia volvió a pasarle factura. Se sintió todavía más acartonado, posando ante un público sin ojos, sintió que tras el cristal donde podía verse el parque soleado, la vida estaba pasando. Y pasaba sin que él fuese quien realmente era. 

-Lo peor- pensó -es que no tengo idea de quien soy, he estado tanto tiempo enfundado entre estereotipos e ideas de lo que quiero ser, que mi verdadero yo debe estar atrofiado en alguna parte de mi interior, imberbe, inocente, virgen. Ojos cerrados.- Y la imagen de él mismo, arrugado como un bebé, dormido entre todos los trapos y las marcas, entre caratulas de libros y de discos, arrullado con canciones en inglés, pero sordo ante tanta imagen sin significado, lo estremeció. 

Para tranquilizarse, volvió a Ella, esta vez, imaginó su sonrisa entre sábanas blancas, en una mañana soleada, despeinada (la mañana y ella), imaginó pequeños clips en donde la imagen de su sonrisa alternaba con imágenes donde reía a carcajadas, y otras donde sus dedos finos, de uñas cortas jugueteaban con un pequeño rayo de sol que se filtraba por la ventana. Y de pronto, Ella sobre Él, desabotonando su camisa, para encontrar otra camisa, otros botones, y así como en un film de terror, seguía hurgando entre un sin fin de camisas y telas, para nunca llegar a su piel. Finalmente, lo encontraba, como un bebé, atrofiado y dormido. 

La gente alrededor hipnotizada con las pantallas, al igual que Él. Quién podría saber si también batallaban contra sus miedos de superficialidad, quién podría saber si eran pose o eran reales. -¡Nadie está más que consigo mismo!- gritó un pensamiento en su interior. 

La cámara se alejó, ascendiendo, en zoom out cenital. Él. El Parque. La Ciudad. El Continente. La Tierra. Un minúsculo punto en una sábana negra. Por ningún lugar Ella

miércoles

Las historias que uno deja tras de si.

Bajé del bus en la parada de la 138 con Boyacá. Al desocupar mi asiento, dejé libre el campo visual a Andrés, quien desde la parada de Unicentro, quería ver a Julia, que estaba anonimamente, sentada a mi lado.

Con su mirada comenzó a acariciar su perfil, contrastado contra la oscura noche. Sus ojos recorrían en descenso su frente, pasaban sobre su ceño fruncido, se deslizaban por la caída algo irregular de su nariz, y bajaban hacia sus labios. 

Julia, demasiado concentrada en los apuntes de su maestría, no se percataba que Andrés besaba sus contornos con su mirada. Él, al ritmo de "Girl you'll be a woman soon" de Urge Overkill, paseaba ahora por la suave visión de sus labios, y casi podía sentirlos en las yemas de sus dedos, guardados en los bolsillos de su abrigo de cuero, su índice describía círculos sobre su pulgar, mientras imaginaba que tocaba sus labios, que los dibujaba, como había descrito Cortázar.

El bus frenó bruscamente y Julia apartó sus ojos café de los apuntes de economía financiera, miró en derredor, y encontró a Andrés. Por breves segundos, reparó en su barba de varios días, en su cabello revuelto, y en sus pierna derecha, que aparentemente marcaba el beat de una canción que sonaba en sus audífonos. Julia sintió curiosidad, quiso ver sus ojos, pero estos vagaban por el piso del bus, como buscando algo perdido. Volvió al análisis de la media y la varianza. 

Tras el frenazo, Andrés sintió un súbito de miedo a ser descubierto, y su único reflejo fue refugiar su mirada en el sucio piso del bus, por un segundo sintió que Julia le miraba, y un golpe de sangre se agolpó en sus orejas. Permaneció con la mirada baja. 

No entendía ese ataque de pudor, o miedo. Si. La estaba mirando, pero era imposible que ella, una desconocida en un bus bogotano, una noche de un octubre cualquiera, supiera, siquiera imaginara que Andrés había sentido unas ganas irracionales de besar cada ángulo de su perfil. Andrés, extrovertido, seguro y parlanchín, se había quedado petrificado y mudo, ante todo lo que le había producido una chica al otro lado del bus. 

Las palabras pasaban por sus ojos, pero Julia no lograba captar nada. Se había quedado ausente pensando en el chico que acababa de ver, con la mirada perdida. Le resultó adorable, con esa pinta anacrónica de rockero noventoso, y bajo el cabello revuelto, la mirada de un niño perdido en un parque de domingo. 

Y mientras Andrés, creyéndose a salvo de la mirada lee-mentes de Julia, volvía sus ojos para recorrer sus contornos, Julia sin previo aviso asedió su mirada. Se encontraron. 

Fue tal vez un momento cualquiera, en el que dos miradas detuvieron el tiempo, y despegando de sus cuerpos se fueron a recorrer el universo. 

El bus frenó (de nuevo) bruscamente. Andrés y Julia dejaron de mirarse, y continuaron sus caminos. Ella maestría, trabajo y deudas. Él sin saber qué coño hacer con la sensación alojada entre su índice y su pulgar. 

Y por el universo, dos miradas volando abrazadas.

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