miércoles

Las historias que uno deja tras de si.

Bajé del bus en la parada de la 138 con Boyacá. Al desocupar mi asiento, dejé libre el campo visual a Andrés, quien desde la parada de Unicentro, quería ver a Julia, que estaba anonimamente, sentada a mi lado.

Con su mirada comenzó a acariciar su perfil, contrastado contra la oscura noche. Sus ojos recorrían en descenso su frente, pasaban sobre su ceño fruncido, se deslizaban por la caída algo irregular de su nariz, y bajaban hacia sus labios. 

Julia, demasiado concentrada en los apuntes de su maestría, no se percataba que Andrés besaba sus contornos con su mirada. Él, al ritmo de "Girl you'll be a woman soon" de Urge Overkill, paseaba ahora por la suave visión de sus labios, y casi podía sentirlos en las yemas de sus dedos, guardados en los bolsillos de su abrigo de cuero, su índice describía círculos sobre su pulgar, mientras imaginaba que tocaba sus labios, que los dibujaba, como había descrito Cortázar.

El bus frenó bruscamente y Julia apartó sus ojos café de los apuntes de economía financiera, miró en derredor, y encontró a Andrés. Por breves segundos, reparó en su barba de varios días, en su cabello revuelto, y en sus pierna derecha, que aparentemente marcaba el beat de una canción que sonaba en sus audífonos. Julia sintió curiosidad, quiso ver sus ojos, pero estos vagaban por el piso del bus, como buscando algo perdido. Volvió al análisis de la media y la varianza. 

Tras el frenazo, Andrés sintió un súbito de miedo a ser descubierto, y su único reflejo fue refugiar su mirada en el sucio piso del bus, por un segundo sintió que Julia le miraba, y un golpe de sangre se agolpó en sus orejas. Permaneció con la mirada baja. 

No entendía ese ataque de pudor, o miedo. Si. La estaba mirando, pero era imposible que ella, una desconocida en un bus bogotano, una noche de un octubre cualquiera, supiera, siquiera imaginara que Andrés había sentido unas ganas irracionales de besar cada ángulo de su perfil. Andrés, extrovertido, seguro y parlanchín, se había quedado petrificado y mudo, ante todo lo que le había producido una chica al otro lado del bus. 

Las palabras pasaban por sus ojos, pero Julia no lograba captar nada. Se había quedado ausente pensando en el chico que acababa de ver, con la mirada perdida. Le resultó adorable, con esa pinta anacrónica de rockero noventoso, y bajo el cabello revuelto, la mirada de un niño perdido en un parque de domingo. 

Y mientras Andrés, creyéndose a salvo de la mirada lee-mentes de Julia, volvía sus ojos para recorrer sus contornos, Julia sin previo aviso asedió su mirada. Se encontraron. 

Fue tal vez un momento cualquiera, en el que dos miradas detuvieron el tiempo, y despegando de sus cuerpos se fueron a recorrer el universo. 

El bus frenó (de nuevo) bruscamente. Andrés y Julia dejaron de mirarse, y continuaron sus caminos. Ella maestría, trabajo y deudas. Él sin saber qué coño hacer con la sensación alojada entre su índice y su pulgar. 

Y por el universo, dos miradas volando abrazadas.

lunes

Pasó.

Pasó...
y esa pequeña estatura no hacía justicia al sismo que causaba en él.

A eso de las 6 de la mañana se levantó para ir al baño, y el movimiento le despertó. Él, sin embargo, permaneció fingiendo dormir. Era la primera noche que pasaba ahí, en su cama, y no le parecía prudente despertar tan temprano, tal vez temía que lo botaran pues ya el día despuntaba y el sol cobijaba con una falsa seguridad a la inhóspita ciudad.

Escuchó sus diminutos pasos, y sintió su ligero cuerpo volver a su lado. Estando tan cerca, la sentía lejana. A pesar de las conversaciones, de los besos de la víspera, de todas las salidas, aún la sentía distante.

Sólo durante la noche, que ya moría, todo había parecido posible.

La mañana después, sólo quedaban despojos. Los despojos de la noche, que prometió y no cumplió. Junto a las sábanas revueltas, junto a la botella de vino vacía y a las latas de cerveza huecas, quedaba el sinsabor de una posibilidad que se esfumaba.

En algún momento fueron dos cuerpos acercándose desde direcciones contrarias. En la distancia se observaron, y tal vez hasta se sonrieron mutuamente. En la distancia se evaluaron y, en algún punto decidieron que podían pasar muy cerca el uno del otro. Él quiso pisar el freno, e invitarla a pasar, ella mantuvo la marcha.

Mientras ocupaba esa porción prestada del colchón, sentía como el espejismo se desvanecía con el frío sol. Veía como ella seguía de largo, y a su paso dejaba el remolino de despojos que esa mañana tomaba la habitación, y dejaba en él un breve terremoto que le recorría las entrañas, corto e intenso, sin duda pasajero, pero memorable.

Y pasó.

Lunes.

"Tengo ganas de que me hables en portugués"

Le dijo.

Él volteó.

Es raro que te hable una persona en la calle, pero más raro es que lo haga en un supermercado en el pasillo de cereales frente a las cajas de Fruti Lupis.

Tarea pendiente.

Una mañana del ayer, de esas que se confunden en la nebulosa del recuerdo, una mañana cuyos débiles perfiles apenas se vislumbran, y sin embargo, una mañana memorable. Como al emprender el camino hacia la cumbre de una cordillera, cuyas primeras elevaciones son tenues y suaves, para después ir ganando en verticalidad y ruptura, el recuerdo del ayer apareció primero como una breve anécdota, tan poco interesante que optó por archivarla. Pero que luego, tal vez por la piedra que significa una verdad que no se acepta, fue cobrando brillo y sobre todo peso, el peso insoportable de la inexistencia.

Una mañana del ayer, un profesor de filosofía de la universidad le había hecho al curso una pregunta en apariencia inocente -¿Cuál es su pasión en la vida?- desfilaron pasatiempos, ocupaciones, actividades fortuitas, y ante la sarta de falacias, el Profesor optó por detener la actividad para pedir, no con poca astucia, que entregaran la próxima clase un ensayo explicando su pasión.

Llegó a la casa, resuelto, no sólo a demostrar que tenía bien clara su pasión, sino también a hacer de su argumento una exposición de brillante redacción y genialidad. Dirían, que al menos él sabía de que hablaba y sabía decirlo bien.

Comenzó argumentando que gustaba de la lectura, pero que no era la lectura solamente, sino la lectura histórica, ahí fue avanzando y entre anécdotas que justificaban tan erudita pasión fue concluyendo que todo eso no era más que un tobogán que desembocaba en la escritura, y concluyó, que su pasión total era escribir.

Entregó el ensayo de unas cuatro páginas el día asignado, cuando hubo leído el mismo, el Profesor lo devolvió y con una sonrisa maliciosa y cómplice le tildó de mentiroso. Lo dijo como quien se sabe de un ingenio superior, quien entiende el por que de algo que a todos los demás se les escapa. Lo dijo y le ofendió, incluso llegó a pensar que era imposible que un profesor, por más títulos y estudios que tuviera, pudiera poner en entredicho algo que consideraba como un hecho capital de su vida. ¿Qué iba a saber él? Si apenas le conocía. Su indignación no llegó nunca a su lengua e intentó sepultar el episodio como quien se cae en un lugar desierto ¿realmente se cayó?

Hoy, años después, cuando rememora, encuentra los perfiles débiles y esquivos de ese día contrastados con una verdad desempolvada, pues como una gema que se descubre en un cuarto de viejos despojos, la posible falsedad de su argumento, aquella “pasión” que nadie, salvo el atrevido profesor, supo poner en entredicho, destacaba en el claroscuro de su conciencia como una mentira tecnicolor.

Había sido juez y jurado de su argumento y había perdido el litigio, ni siquiera sabía por qué. Aquel Profesor le había implantado la duda y esta encontró terreno fértil pues no había otra certeza que deslumbrar y no había otro móvil que hacerse creer complejo.

Y, como ya deben haber imaginado, no había pasión.



Caracas
2014

domingo

El presente.

"Una mañana despertó, y antes que nada, sonrió.
Lo había soltado todo, había quitado las amarras que tantos años le había costado formar. De repente, dejó todo a la gravedad, y todo se alejó de ella. Quedó desnuda, quedó huérfana, quedó libre.
Ana María, nunca había estado más sola, y nunca más feliz."

Juan escribía la historia de Ana María. Quería significar que no necesitamos más que aquello con lo que nacemos. Pero esa consciencia pura, conectada, primitiva, la perdemos en el proceso de crecer. La perdemos mientras vamos creando apegos a juguetes, ropa, gadgets, personas, momentos. 

Y de repente, habiendo llegado a este mundo como un ser completo, años después nos encontramos fraccionados, repartidos en anhelos, en apegos, en anticipaciones y en necesidades que no son tal.  Entonces aquello que debería sumar: las sonrisas, los abrazos, los besos, las palabras, comienza a restar, por nuestras ganas de retener.

"El beso apenas comienza. Ese beso comienza en la primera mirada que atrae a las bocas, la mirada definitiva que inaugura la carrera convergente de las bocas al encuentro. Ese beso se extiende como mermelada sobre pan, con cada centímetro ganado por la proximidad de las bocas, por cada aliento mutuo que las narices respiran. El beso se saborea desde la anticipación. Y los labios se encuentran. Cada uno de sus terminales nerviosos va recibiendo la suavidad de la piel. Registra los movimientos, siente el calor. Se van acumulando las huellas de un beso nunca antes dado. Los labios se entreabren y dejan salir el deseo en forma de aliento. Llega la segunda avanzada con la lengua a la vanguardia, nos sumimos en otro mundo nuevo, el más primitivo, la lengua nos regala la humedad de la vida. La piel se eriza, y las manos aprietan la cintura. Eran dos que inauguraron un beso, uno que no se dio nunca antes, y que ya nunca se volverá a dar."

Juan escribía sobre el beso que había dado. Y ahora, unas ocho horas después lo saboreaba mejor que en el momento en que lo dio. Se daba cuenta que, mientras los ojos se miraban, que mientras las caras se acercaban, mientras los labios se tocaban, y mientras las lenguas se enredaban, él sólo pensaba en el próximo paso, y no saboreaba la inmensidad del presente. Pues buscaba retener.

Había diseñado estrategias para que sus cuerpos no se alejaran. Pero se alejaron, como tenía que pasar. Ahora, ocho horas después, entendía que por intentar retener, había dejado ir el momento. Hoy, ocho horas después entendía, que de haber vivido, ese beso aún estaría en tránsito.

Y pensó en Ana María, que no existía, o si. En Ana María, que había abandonado toda pretensión de poseer, y ahora echada en su cama, hipotética cama, o no, lo tenía todo.

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